Indicios de locura

¿Cuánto hace que le conozco? ¿Cuánto hace desde que Thoribas me habló por primera vez de los Centinelas de Elune? El tiempo pasa volando cuando los problemas ocupan tu mente, apenas percibes el paso de éste. Soy incluso incapaz de recordar cuándo fue la última vez que vi a mi familia o a Ayshlad.
- ¿En qué piensas?
Sacudo la cabeza, despertando así de mi estúpido ensimismamiento. Miro a Thoribas quien, aparentemente, llevaba un rato observándome.
- Ugh…
Alza las cejas, prestándome atención cuando me llevo una mano al vientre.
- Tranquilo, sólo ha sido una patada.
Y de las gordas, por si fuera poco. A pesar de todo, sigue alertado. Afortunadamente hemos dejado nuestras discusiones sin sentido. Estoy casi segura de que se debían a Ventormenta, a que a él le agradaba tan poco esa ciudad como a mí. O, simplemente, puede deberse a Vallefresno. Su paz, su armonía, su belleza.
- ¿De cuánto estás?
- Aún queda, descuida.
Prefiero evitar el tema. Estoy en el último mes, me queda nada. Sin embargo, si se lo digo, querrá que no participe en batalla, querrá que me vaya.

Había olvidado lo que era ver un amanecer en Vallefresno. Es lo más hermoso que jamás he visto.
Cuando Thoribas se acostó, fui a dar un paseo. Me bañé en un lago cercano y me quedé tendida sobre la luna. Su piel es de un color parecido y… Y yo soy estúpida, completamente estúpida. ¿En qué narices estoy pensando?

El día pasa lento y tranquilo. Se ha puesto ya la ropa de batalla, así que iré también a por la mía.
- Tú te quedas- me dice.
- ¿Perdón?
- No vas a luchar en tu estado.
Estoy perfectamente. No lucharé cuerpo a cuerpo, de modo que al bebé no le sucederá nada. Me clava la mirada, SU mirada. Le doy la razón y le deseo suerte. Me desquicia, consigue lo que quiere de mí. Me veo irremediablemente obligada a amarle u odiarle. Destraciadamente es lo primero. Me estoy volviendo loca.

Camino

Busqué a Thoribas por los alrededores, incluso en el extraño sótano de la taberna donde hablamos cuando me contó sobre los Centinelas de Elune. Ni rastro del Kal’Dorei.
Tan sólo queda la estructura del edificio calcinada y Thoribas la contempla. Cuando me acerco se vuelve, mirándome seriamente. Odio cuando lo hace. Me hace sentir culpable e impotente, más aún si es que eso es posible.
- ¿Qué ha pasado?
La impotencia que siento es tal que cuando me encojo de hombros y le digo que no lo sé, no sale sonido alguno de mis labios. He de tragar saliva para poder hablar.
- Quizá haya sido el gnomo, pero no puedo asegurártelo. Me despertó el humo.
Asiente y su semblante permanece intacto. Dirige una última mirada hacia los restos de la casa antes de mirar mi vientre y luego a mí. Instintivamente cruzo los brazos sobre mi vientre, como procurando ocultarlo.
- ¿Estáis bien?
- S-sí- murmuro.

Me han entrado ganas de llorar, pero decido tragarme las lágrimas mientras vamos a Vallefresno. Es un bebé que no deseo tener, ni siquiera dar a luz. No con Ayshlad desaparecido. No obstante, se ha preocupado por él también. Ahora me siento mal por no desear tener el niño que crece en mis entrañas. Una vez en Vallefresno, le guío hacia una casa cercana a la linde con Costa Oscura. Thoribas ha recibido una misiva de un tal Arkhon. La Horda está talando nuevamente más de la cuenta y debemos hacerles frente. Insiste en que me quede y no acuda.
- Ahora sois dos, tienes que pensar también en la vida de tu hijo.
Vuelvo a cubrirme el vientre. Odio la sensación que se apodera de mí lentamente. Que Elune me perdone por los sentimientos que guardo hacia mi hijo no-nato.
- Iré- insisto.

Como era de esperar, mi decisión de ir al ataque contra la Horda no le ha gustado. Hemos cenado en silencio y, sin saber por qué, me quedo mirando el exterior. Noto la atenta mirada de Thoribas sobre mí, así que me voy hacia la entrada de la casa. Creo que es el deseo de que Ayshlad vuelva lo que me hace seguir esperándole como ahora hago. Estoy tan distraída que no he oído a Thoribas acercarse.
- ¿Sucede algo?
Niego con la cabeza, volviéndome hacia él.
- Creo… que a pesar de todo sigo esperándole- musito.
No sé ni qué hago hablando con él de todo esto, pero es cierto que necesito hablar con alguien y que es la única persona a la que tengo en estos momentos.
- ¿A tu prometido?
- Sí, aunque… Prefiero darle por muerto- murmuro.
- ¿Qué harás con él?- mira brevemene hacia mi vientre.
- No estoy segura- admito.- Tampoco estoy segura de que quiera tenerlo.

Llamas

No, no le sentó nada bien, incluso peor que a mí. La elfa lleva sin salir un par de días del cuarto del piso superior, no se ha molestado siquiera en bajar a comer nada. Además, la convivencia con Thorias tampoco es que sea nada sencilla. Prefiero pasarme el día fuera de la base a soportar eternos silencios. Afortunadamente, no creyó conveniente decir nada respecto a mi estado a Darnassus. Me fui precisamente de allí y de Auberdine para evitar comentarios. No quería que hablaran de mí, que chismorrearan acerca de mi embarazo y quién podría ser el padre. Yo ya tenía suficiente recordando día a día que tenía un pequeño ser creciendo en mis entrañas y que Ayshlad había desaparecido, sin rastro alguno.

El gnomo había estado molestando, intentando entrar por todos los medios. Al fin algo de silencio. Thoribas me pone al día con la situación en Vallefresno, pronto los Centinelas acudiremos al frente para defender nuestras tierras una vez más del ataque por parte de la Horda. Hace meses ya acudí a algo semejante, aunque consiguieron avanzar. Aún y a pesar de que deseo ir, de que daría la vida por nuestras tierras y nuestra raza, insiste en que me quede en Ventormenta o que atienda a los heridos en el frente. Soy buena con el arco, puedo atacar a distancia sin que me ataquen o vean.

- Estás embarazada. Piensa en tu hijo.
Es su decisión, una vez más.

Ha marchado y el cuarto superior, por alguna extraña razón, está vacío. La hija de los Mantoscuro se ha largado delante de nuestras narices sin que nos percatáramos. Aprovecho que la soledad, la paz y la tranquilidad reinan en la base para ir al piso superior y acostarme. Dormir en el suelo no le ha hecho ningún bien a mis riñones. El crío, además, parece esperar a que esté dormida para dar patadas.
Ah… Por fin.

Algo me alerta y me despierta. Huele a humo, a quemado. No dudo en salir corriendo de la cama y abrir la puerta, aunque una gran nube de humo negro se eleva por las escaleras. Me tapo la nariz y la boca con el cuello de la camisa, bajando rápidamente. En el centro de la sala están todos los libros de las estanterías apilonados junto a las sillas y la mesa, ardiendo. Las llamas han comenzado a prender cuanto tienen cerca y la entrada en nada comenzará a arder. No hay nada que pueda hacer, así que salgo rápidamente. Los guardias de la ciudad han acudido rápidamente, pero tampoco pueden hacer nada. Me preguntan si estoy bien y qué ha sucedido, pero ni yo misma lo sé.

Kharanos

Afortunadamente pude deshacerme del gnomo, que me había trepado para verme los pechos. Reconozco que tengo algo más de lo normal, para mi desgracia, y el hecho de estar encinta había ayudado a que crecieran un poco más. No obstante, no son del tamaño de una vaca como para haberme ganado ese mote. Desgraciadamente, había perdido de vista también a Thoribas.
Salgo fuera de la taberna para respirar algo de aire puro y fresco. No me he traído nada de abrigo y el frío se me cala en los huesos. Thoribas aparece repentinamente ante mis narices. Aunque me ha sobresaltado, empiezo a acostumbrarme a este tipo de cosas.
- ¿Estás bien?
Asiento, aunque en realidad me estoy congelando y me encantaría volver dentro.
- Voy a reclutar por aquí y los alrededores.
Le parece bien y monto en mi sable de hielo al grito de Gatito XXL.

Do’Anar le intenta clavar las zarpas, pero el maldito gnomo se escurre con facilidad. Rápidamente nos alejamos de Kharanos. Llegamos a una explanada, desmonto y comienzo a patear la nieve para quitarme la mala leche de encima. Después de un rato paseando por Dun Morogh, volvemos a Kharanos. Desmonto, dejando a Do’Anar fuera.
Observo a Ash’Andu, tirada sobre la cama de Thoribas.
- Pst, ¡ven! ¿Qué haces ahí?
Ni se inmuta, así que él ya se encargará de sacarla fuera. Cuando entro a mi cuarto veo a la elfa, la tal Mantoscuro. Cierro la puerta y decido ir a otra parte a pasar la noche.

Cuando la mañana llega, Thoribas nos avisa para que nos larguemos. Afortunadamente le damos esquinazo al gnomo, no le aguantaría más, ni un segundo más. Ha estado toda la noche y parte de la mañana tocándome la moral, persiguiéndome y trepándome. Me duele la espalda de aguantar su peso, aún y a pesar de que es poco. Debería decirle al Guardián que estoy encinta, pero no me gustaría que me expulsaran de los Centinelas por mi estado. Por ahora, creo que eso lo dejaré. He conseguido disimular mi vientre y no era nada fácil, la verdad.
Una vez en Ventormenta, volvemos a la casa de la Calle de los Degolladores. La elfa sube al piso superior, ya que Thoribas ha decidido prestárselo a ella sola. Eso significa que ambos dormiremos donde podamos y, desgraciadamente, yo no estoy para dormir en el suelo.

Creo que, ahora que estamos solos, es el momento idóneo.
- Hay… algo que debo decirte.
Frunce ligeramente el ceño mientras me clava la mirada, con los ojos entrecerrados. Si ya es algo que me va a costar decir, de este modo aún más.
- Estoy… estoy… esperando un hijo.
Lo he dicho muy bajo inconscientemente, así que espero no tener que repetirlo. La idea no me agrada y seguro que a él tampoco.
- ¿Qué?

Frío

Despierto. El cuello me grita que no debí haberme quedado dormida en la silla observando mapas. Me desperezo y oigo pasos provenientes de la escalera. Baja lentamente, con paso seguro y decidido. Me giro para saludarle con un gesto de cabeza, a sabiendas de que no debo tener muy buena pinta y de que me duele notablemente todo.
- ¿Has dormido aquí?- pregunta.
- Sí, debía seguir mirando todo esto.
Mira los mapas que tengo sobre la mesa, los cuales pertenecen a las zonas cercanas a las ciudades pertenecientes a la Alianza. Enarca una ceja y me mira fijamente. Diría que es capaz de intimidarme con una simple mirada, de dejarme helada.
- ¿Para qué?
- Tenemos que reclutar y ya que en Ventormenta no conseguimos hacerlo, tendremos que ir a otra parte.
- ¿Adónde?
¿Espera que le diga yo todo, ha pasado de prepotente a inútil? ¡Por Elune! Creo que voy a necesitar mucha paciencia.
- Podríamos comenzar por Dun Morogh.
Asiente y se dirige hacia la puerta. En el último momento se detiene, volviéndose hacia mí.
- Prepara tus cosas. Voy a por ella, te vemos en el Tren Subterráneo.
Cierra la puerta tras de sí. Me ha dejado con una cara de estúpida que no se me borrará hasta que no reaccione.

¿A por ella? Espero que se refiera a la tal Mantoscuro. Recojo todo y me pongo la única ropa de manga larga que tengo. No será suficiente para el frío de las tierras de Dun Morogh, pero aguantaré. Ash’Andu y yo nos dirigimos tranquilamente hacia el Tren Subterráneo, pero rápidamente me doy la vuelta. El gnomo de la cresta verde está ahí, pero parece no haberme visto. Maldición. Nos fundimos en las Sombras mi felina compañera y yo, esperando no ser vistas.
- ¡Eh, tú!
¡Maldición! Doy la vuelta, afortunadamente hay dos entradas al Tren Subterráneo y seré capaz de perderle de vista. Llego hasta donde están Thoribas y… Maldita sea, es la elfa que me ayudó con el gnomo. ¿Qué narices hace con él? Bah, ahora da igual. Nos adentramos en el Subterráneo para coger el tren que nos llevará hasta Forjaz.

Nada más llegar a la capital enana, allí estaba el dichoso gnomo. Ya había prevenido a mis compañeros y ellos decidieron entrar en sigilo para despistarle y poder yo huir más fácilmente. Lo consiguieron y se dirigieron a la salida de Forjaz, cabalgando en sus monturas. Yo también lo hice, pero por otra parte. Finalmente llegamos a Kharanos y nos dirigimos a por nuestras habitaciones. Yo ya entro estornudando, el frío es descomunal y se cala en los huesos, me estoy congelando.
- Ya tengo las habitaciones- me anuncia Thoribas.
Le sigo hacia el piso inferior de la taberna junto a la elfa. Hay algo que no me agrada de ella, mucho menos me ha gustado saber que era ella el miembro de los Mantoscuro que buscábamos. Aunque eso, de algún modo u otro, me ha relajado. Creo que me ha tranquilizado el hecho de saber que no venía acompañándole a él.

Llegamos a la puerta de un par de habitaciones y abre las puertas. Él se queda frente a una que tiene una cama de matrimonio y nos señala la otra, con dos camas separadas.
- Ahí tenéis la vuestra. Si queréis algo, estaré en la mía.
¿La vuestra? ¿Que tengo que compartir cuarto con ella?
- Eh, Thoribas, ¿puedo hablar contigo un momento en privado?- le pregunto.
Asiente y me lo llevo hacia un rincón, aunque ella ya ha entrado en el cuarto y se ha acomodado.
- ¿No hay ningún otro cuarto libre?
Arruga la nariz, mirándome con los ojos entrecerrados. Intimida, desde luego.
- ¿Qué problema hay?- inquiere.
- No me gusta. Me encontré con ella sobre la semana pasada y hay algo de ella que no me gusta.
Cuando empiezo a explicarle qué sucede, noto cómo algo trepa por mi espalda y se apoya sobre mi hombro, casi cayendo hacia delante.
- ¡¡Vaquita!!

Ventormenta

Reclutar es la enmienda que debemos llevar a cabo, una tarea algo más complicada de lo que parece realmente. En Ventormenta ya hemos hecho cuanto estaba en nuestras manos y no ha habido suerte. Encima de que somos de igual rango, Thoribas parece tomárselo de distinto modo y parece esperar que lo haga todo. Por ahora le dejaré pensar que tiene el mando.

El manto oscuro estrellado de la noche ha cubierto ya el cielo, por lo que me pongo a cenar tranquilamente en la casa que tenemos por base en Ventormenta, en la Calle de los Degolladeros. Ambos mantenemos un férreo silencio en el que me siento cómoda y el cual no quiero romper. Veo cómo los ojos de mi compañero se alzan de su plato y me miran fijamente una vez la cena ha finalizado. Me gustan sus ojos, me recuerdan a los de Ayshlad.
- Debemos seguir reclutando- dice.
- En Ventormenta, aunque no lo parezca, no he encontrado a nadie. Mañana seguiré con la búsqueda.
Cojo una manzana roja, antojándoseme apetitosa. Le doy un mordisco y la saboreo; deliciosa.
- ¿Por qué no ahora?
Trago rápidamente, mirándole asombrada. Odio esa ciudad, más aún cuando cae la noche. La odio desde el día que llegué a ella por vez primera y aún más desde que… Bah.
- Es de noche- me limito a contestar.
- ¿Y?
- Las calles son peligrosas para una dama.
Sólo se me ocurre decir eso. No tengo ahora mismo ninguna otra excusa que servirle ni voy a decirle por qué no quiero salir de noche. Le observo y le veo enarcando una ceja.
- Sabes defenderte, ¿no?
Touché. Tengo que ir sí o sí.

Nadie. Todo el mundo está en su casa, en las tabernas o tambaleándose frente a éstas. Paseo con cuidado, sin fiarme de quienes veo. Algo me retiene, sujetándome del hombro. Se me acelera el corazón a la par que algo golpea mi vientre desde el interior. Deslizo una mano hacia éste mientras me doy la vuelta para ver quién es. Con un poco de suerte sea el único humano en quien confío, Arcthor, el prometido de mi hermana.

Corro junto a Ash’Andu de vuelta hacia lo que tenemos por base y me aseguro que la puerta está bien cerrada cuando me hallo en su interior. Thoribas nos mira extrañado, posando su mirada en la pata herida de mi pequeña sable.
- ¿Qué ha pasado?
Le ignoro mientras cojo mis cosas para curar al felino. Estoy cansada, he corrido más de lo que debía.
- ¿Qué ha pasado?- repite.
- Humanos… Son repugnantes- me limito a contestar.
Ash’Andu se ha tumbado en un rincón, lamiéndose la herida. meMacerco a ella con una gasa impregnada con antiséptico. Me enseña los dientes, me morderá si la toco; la conozco. Thoribas se extraña visiblemente por su reacción y espera una mejor respuesta a la que ya le he dado.
- Ash’Andu atacó al humano que me quería “invitar a un trago”.

Limpio la herida del animal con cuidado, poniéndole después una venda. Una vez he terminado con ella, se va cojeando ligeramente al piso superior, seguramente a la cama.
- ¿Por qué te ha gruñido?
Me encojo de hombros, pues ni yo misma lo sé. Subo al piso superior para ver a Ash’Andu, pero la oigo gruñirme desde las escaleras. Aprovecho y me remango para ver la herida de mi brazo. Afortunadamente sólo es un rasguño.
Vuelvo a llevar mi mano hacia el vientre. Esa pequeña monstruosidad que Ayshlad dejó en mi interior me ha dado una patada que ha dolido lo que no está escrito, pero lo que me ha gustado ha sido que la ha pegado cuando estaba en una mala situación. Supongo que habrá querido decir “eh, ten cuidado, vuelve a la casa que ahora somos dos”.

Centinelas de Elune

Una vez más me encuentro en el Parque, en Ventormenta. No sé ni qué hago aquí, ni siquiera soy consciente de hacia dónde miro. Cojo una de las manzanas de mi zurrón y le doy un mordisco, casi tragándomela directamente. Ni me molesto en saborearla. La vida ha perdido mucho sentido para mí, pero también ha adquirido otro. Voy a ser madre y no sé cómo me lo voy a montar, ya no he de mirar únicamente por mí, si no también por el pequeño ser que crece en mi interior. Me observo durante un momento el vientre y decido ir a ponerme algo que lo disimule. Cuando salgo de la posada, miro el correo, por si algo interesante hubiera en él, esperando a ser hallado.
Para mi sorpresa, encuentro una misiva. La tomo entre mis manos y la leo. No dice quién es, pero me cita en una de las tabernas. Miro una vez más mi vientre y me aseguro que no se note su tamaño con la toga holgada que llevo antes de ponerme en marcha.

Entro decidida a la taberna donde se me cita, observando a quienes hay. Vislumbro a Arcthor, pero no tengo tiempo que perder en este momento y él creo que no me ha visto.
- ¿Dalria?
Es una voz masculina que desconozco, fría y distante. Me giro y veo a un Kal’Dorei de cabellos níveos y largos tras de mí. Es apuesto en cierta manera y se le ve joven. Es más alto que yo, de constitución delgada pero aún y así fuerte. Asiento tras quedarme embobada durante un momento, estudiándole.
- Acompáñame, por favor.

Le sigo hasta el fondo de la taberna, donde hay unas escaleras y algo parecido a un túnel subterráneo. Eso ya no tiene tan buena pinta y deja de hacerme gracia el encuentro. Preferiría largarme, más aún cuando llegamos a una especie de cripta. Este tipo empieza a darme muy mala espina y esto no me gusta nada. Finalmente se detiene, volviendo a mirarme.
- ¿Eres realmente Dalria Brisa Nocturna?
Asiento. ¿Cómo sabrá quién soy y para qué me ha llamado?
- Bien, me han hecho contactar contigo ya que tú estuviste al cargo de Natura, ¿es eso cierto?
- Así es- contesto.
Me dice que he sido elegida, aunque no sabe por qué -y si él no lo sabe, yo aún menos-, para ser su compañera y Guardiana de los Centinelas de Elune, una nueva Orden.
- El propósito es conseguir todo aquello que no hemos conseguido hasta ahora. Los Kal’Doreis necesitamos que alguien reivindique nuestra raza, nuestros objetivos. Estamos zafados en guerras, guerras que libramos por nuestros aliados, pero no por nosotros. Darnassus necesita un brazo ejecutor.
- ¿Y se supone que eres tú y que yo debo unirme a ti?- le pregunto.
- Yo tan sólo soy el primero de muchos- contesta.- La Orden es clara y concisa, formar un grupo capaz e independiente.
Hay una pausa. Abro la boca para hablar, pero vuelve a interrumpirme.
- Oh… Y no hace falta decir que todos tus propósitos anteriores forman parte también de nuestros objetivos.
Asiento. Al fin y al cabo, Natura quería lo mismo que los Centinelas de Elune, no obstante…
- Hay un fallo en todo esto y es que no te has presentado. No me gusta hablar con alguien sin saber a quién me dirijo.

Se toma su tiempo, tiempo que aprovecho para observarle y estudiar sus facciones en profundidad. Sí, me resulta atractivo… o quizás sea porque tiene un cierto parecido con él.
- Mi nombre por ahora es lo de menos- dice finalmente.
Insisto un poco más hasta que me dice su nombre, Thoribas.
- La Suma Sacerdotisa nos ha bautizado como Centinelas de Elune. Espero que estés preparada para honrar ese nombre.
- Lo estoy- contesto de forma decidida.- Gracias por tomarte la molestia de venir hasta Ventormenta para hablar conmigo, Thoribas.
- Era una simple orden. Cuando vine en el barco hacia Ventormenta, una de las descendientes de los Mantoscuro se coló en él para venir hasta aquí.
La tal descendiente de los Mantoblanco había escapado y Thoribas cree que podría resultar útil, aunque sea por el apellido. Los Mantoblanco son una familia nobiliaria de Darnassus, aunque no de mucho nombre… Creo que nos traerá más problemas que otra cosa, pero si él cree que merece la pena…
Finalmente la conversación finaliza y vuelvo hacia el Parque. Guardiana de los Centinelas de Elune, no suena mal. Afortunadamente no se ha percatado de mi estado, aunque tarde o temprano lo sabrá. No es que el cargo vaya a dar un vuelco en mi vida, mucho menos el prepotente de Thoribas. Sí, sin duda esa es la sensación que ha causado. Prepotente y, al parecer, tozudo. No obstante, en eso no me gana. Soy demasiado terca.

Tempus fugit

Ayshlad, Nahim, Arcthor… Hace meses que no sé nada de ellos. Jamás creí que necesitaría la compañía de alguien como la necesito ahora. No, no dependo de nadie, puedo cuidar de mí misma sola, puedo seguir adelante sola. El único problema es que no estoy completamente sola. Ayshlad echó raíces en mí y la semilla va creciendo lentamente. No sé de cuánto debo estar, tampoco sé qué debería hacer. Él quizá esté muerto y yo no quiero tener un hijo aún. El término abortar no entra en mi vocabulario, no soy capaz de matar a una criatura que no ha hecho nada, que no tiene la culpa de estar creciendo en mi vientre.

Al menos, el Parque de Ventormenta es tranquilo y no hay nadie, pero eso a su vez es malo. No tengo nada que hacer. Ya he pescado, he vendido lo que he podido, he cenado… y sigo en esta asquerosa ciudad, embobada, pensando en qué habrá sido de él y qué haré con mi hijo en cuanto nazca. Cojo, de forma mecánica, una manzana y le doy un muerdo. La mastico sin ganas y no la saboreo en absoluto. Súbitamente, noto algo en el bolsillo de mi toga, buscando y sacando algo. Me giro y veo a un gnomo alejándose de mí, con una cresta verde.
- ¡Eh, tú!- le grito.
Se desvanece en las sombras. Hmmpf… pícaros…

Algo me toca el culo. Me giro y ahí está. Sale corriendo y le sigo, me da igual hacia dónde vaya. Maldita sea, no puedo correr como antes, la barriga no me lo permite y me canso rápidamente. Se detiene en mitad de un puente y yo frente a él, alargando una mano.
- Devuélvemelo, proyecto de enano.
Hmmpf… Si me llegaba a la rodilla, era un milagro.
- ¿El qué? Yo no te he quitado nada.
- ¿Que no?
Suenan monedas en su bolsillo y frunzo el ceño.
- Lo que me has robado.

Apenas lo noto, pero una nueva presencia se acerca a nosotros, por mi espalda.
- ¿Qué sucede?
Es una Kal’Dorei, afortunadamente.
- El proyecto de enano me ha robado- le digo.
- ¡Yo no he robado nada!- replica él.
Miro a Do’Anar, mi sable de hielo a rayas, y le hago un gesto con la cabeza. Se acerca al gnomo y le coge por la pechera con sus dientes. El gracioso hombrecito patalea y se remueve, como si eso hiciera que Do’Anar fuera a bajarle.

- ¡¡Guardias, me están atracando!!- se pone a gritar.
Me paso una mano por la cara y dos Kal’Dorei más se acercan. Él pregunta qué es lo que sucede y ella no entiende cuando hablamos en Lengua común.
- ¡¡Guardias, dos bandas de orejaspicudas me atracan!!- vuelve a gritar.
Suspiro. Es todo un personaje. La primera elfa intenta amenazarle y se vuelve algo agresiva, comenzando además lo que parece una pequeña discusión con el Kal’Dorei. Ordeno a Do’Anar que libere al gnomo de la prisión de sus fauces, monto y me largo.

¿Qué habrá sido de ellos? ¿Seguirán con vida?

El Kal’Dorei

Era uno de esos días en que había habido pocas ventas y me había quedado hasta más tarde en Ventormenta por si podía conseguir vender algo, aunque fuera yendo por las hediondas tabernas de la amurallada ciudad. Tanta piedra se me antojaba un lugar frío, al igual que sus habitantes. Era un lugar horrible y había permanecido en él demasiado tiempo, así que tomé el barco que va desde Ventormenta hasta Auberdine, en Costa Oscura. Ash’Andu, una sable joven que tenía desde que era un cachorro, parecía nerviosa al llegar a casa. Pronto descubrí que había alguien en ella, un Kal’Dorei que parecía haberse acomodado en mi cama. Le eché fuera, sin querer apenas escucharle. Minutos más tarde me arrepentía de ello y le encontré sentado a los pies de un árbol.
Mis encuentros con dicho Kal’Dorei cada vez se hacían más frecuentes, de igual modo que aumentaban sus piropos hacía mí y me hacían casi perder el conocimiento. Era apuesto, atento, amaba la naturaleza tanto como yo… y estaba segura de que sería un buen compañero. No obstante, estaba más que segura de que yo no podría atraer a nadie como compañera, al menos no por entonces.

Fue cuando encontré en el buzón una carta suya, citándome en un lago de Darnassus. Arcthor me había ayudado a mejorar mi vestuario y me puse la mejor toga que tenía. Acudí cuanto antes a su encuentro, con ganas de saber a qué se debía un encuentro no fortuito. Cuando llegué, me dedicó una de sus sonrisas a las que me veía respondiendo con otra, casi de modo inconsciente.
- ¿Q-qué querías?
Me fallaba la voz, tartamudeaba, tenía los nervios a flor de piel. Era así como me sentía cerca de él. Perdía toda consciencia y todo autocontrol.
- Tengo algo que decirte- anunció.
Me cogió de las manos con suavidad, mirándome a los ojos con su ambarina y dulce mirada, los cuales de vez en cuando escapaban hacia mis labios. Eso me puso aún más nerviosa, ¿quería decirme que quería besarme?
- Te… amo- dijo suavemente, con cierto nerviosismo en su voz.

Tras intercambiar varias frases, ambos más tranquilos tras declararnos mutuamente, vino algo que me hizo estremecer. El contacto de sus labios contra los míos me sorprendió. Eran suaves y húmedos, me gustaba.
- Hay algo más- me dijo.- Me gustaría que fueras mi compañera, que… te casaras conmigo.
No se me ocurrió contestarle de otra forma que con un beso, aceptando así comprometerme con él.

No obstante, meses ha desde la última vez que le vi. Sin noticia alguna, con Nahim y Arcthor desaparecidos también, completamente sola y con una sorpresa en camino.

El humano

Hacía un día soleado, uno de esos días perfectos para pasarlos a la orilla del mar, dejando que el agua fresca te moje los pies mientras caminas a lo largo de la playa. No obstante, ahí estaba yo, en el Puerto de Ventormenta, vendiendo pescado fresco y cuero ligero. Odiaba aquello, pero de algo se tenía que vivir. Pescaba durante el alba y, cuando la gente empezaba a levantarse, cogía el barco que me llevaba hasta la capital humana para vender lo que había logrado pescar. No es que ganara mucho ni que vendiera todo cuanto tuviera, pero lo justo… Y siempre sobraba algo de pescado para Nahim, mi hermana, y para mí.
Las dos vivíamos en una modesta casa en Auberdine, Costa Oscura, aunque yo siempre regresaba a Darnassus y pasaba la noche en esa hermosa ciudad o en los bosques, junto a los animales. Miré hacia la casa nada más desembarcar, tenía ganas de llegar. Ash’Andu, una cría de sable joven, me acompañaba.

- Traigo la cena- dije nada más llegar.
El silencio fue el único que se dignó a contestarme, pues mi hermana no se encontraba allí. Afortunadamente no tardé mucho en oírla llegar. Tenía un rostro muy dulce y una mirada muy viva, su cabello níveo que le cubría justo los hombros y una bonita diadema verde adornándolo.
- Hola Na…
Oh, oh… Un humano… ¿Qué hacía ella con un humano? Uno no se podía fiar de ellos, mucho menos si es un macho que lo único que busca es meterle mano a las inocentes chicas que pasan a su lado. Ya lo tenía comprobado de mis escasas visitas al Cerdo Borracho.

Pasaron semanas hasta hallarme donde me encuentro ahora, en Darnassus, sentada frente a ese humano, Arcthor. Desde que le conocía que me había parecido la excepción de entre todos los humanos. Sabía comportarse y no había intentado tocar nada ajeno. Incluso me había ayudado a corregir mis escasos modales y me había conseguido algo de ropa. No obstante, me había citado para hablar sobre algo que no quería oír y que ya imaginaba.
- Dalria, nos casaremos te guste o no, pero me gustaría que… Bueno, que lo aceptaras.
Oh, no… Ya lo había soltado, genial. ¿Qué se suponía que debía decir? “Sí, adelante, casaros. Tú vas a morir de aquí a pocos años y ella lamentará tu muerte durante siglos”. ¿Debía decirle eso? Tomé aire.
- Arcthor, quiero que entiendas algo…
- ¿Si?
- Veamos, tú eres humano y tu esperanza de vida es corta. Eso significa que podrás vivir unas décadas más, pero ya está- asintió.- Mi hermana, en cambio, es una Kal’Dorei, cosa que indica que vivirá durante varios siglos más, al igual que yo- volvió a asentir.- Lo que quiero decir es que… Le romperás el corazón y le destrozarás cuando mueras.

Bueno, ya estaba dicho. Continué charlando con él un poco más, contándole la buena nueva también de mi boda. Por la noche hablé con Nahim respecto al tema.
- ¿Estás segura de lo que te haces?
- Le quiero, Dal- me dijo con un rastro de ternura en su mirada.
- ¿Segura?
- ¿Estás segura de que quieres a Aishlad?
- Estoy completamente segura de que le amo- le aseguré.
- Entonces ya está.
- No, no está, Nahim. No compares a Arcthor con Aishlad, uno es un humano y el otro un Kal’Dorei, uno de los nuestros. Vivirá durante siglos a mi lado y serán siglos que estaré junto a él, sin tener que lamentar su muerte ya que él no habrá muerto de aquí a unas cuantas décadas.
En ese momento, Arcthor entraba por la puerta. Chasqueé los dedos y Ash’Andu se levantó de su sitio, poniéndose a mi lado. Tres era multitud, debía irme y lo sabía.

- Ande’thoras-ethil- me despedí.
Humanos… No llegaban a vivir ni siquiera un siglo y los dolores de cabeza que ocasionaban en las demás razas.
Una Kal’Dorei y un humano… De locos.

Nahim y Arcthor… ¡Qué dramático acabaría todo y qué trágico para ella!

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