Prioridades

Jamás me he sentido tan bien como ahora, en el agua, donde me siento relajada y libre. No me irá nada mal un baño antes de irme mañana a Vallefresno.
Thoribas… ¿Qué es lo que ha pasado contigo?, me pregunto. Pero la respuesta está bien clara, aunque me cuesta admitirlo. Ha jugado conmigo. Ha hecho bien su papel de ser un compañero ejemplar. Aunque al principio fuera arrogante, más tarde se comportó… y desgraciadamente me rendí a él. Día tras día me pregunto si alguna vez fue real algo de lo vivido con él. Me pregunto si…
- Oh, lo lamento.
Me cubro con los brazos, dándome la vuelta para ver a Enthelion sobre la arena, dándose la vuelta. ¿Es que siempre que me baño tiene que aparecer alguien? Salgo del agua rápidamente y me visto, consciente de que me he sonrojado, me da igual incluso estar empapada.
- Ve a secarte- me dice-, no debes estar muy cómoda.
Le contesto que, desgraciadamente, he terminado acostumbrándome a tener que salir del agua de estas maneras. Thoribas solía aparecer siempre, pero… ¿Por qué no soy capaz de quitármelo de la cabeza? Empiezo a enojarme conmigo misma. Enthelion me mira mientras sonríe burlonamente y yo sigo notándome las mejillas encendidas. Voy un momento a la posada para cambiarme y regreso junto a él velozmente, con una toalla liada en el pelo para secármelo.
- Si quieres darte un baño, adelante. Prometo no aparecer.
Sonríe mientras me pregunta si se lo prometo, ante lo cual no puedo evitar reírme y decírle que sí. Fijo mi mirada en el horizonte, dejando caer la toalla al suelo para desenredarme el pelo con las manos, consciente de que me está mirando. Me adelanto un par de pasos y me siento sobre la arena. Cuando me vuelvo, busco al Kaldorei con la mirada, pero ha desaparecido de mi vista.

- Si él no viene… ¿Por qué habría de venir Hoja de Ámbar?
Tras unos minutos ha aparecido tras de mí. Me giro para mirarle y devuelvo la mirada hacia el mar. Es guapo, pero su níveo cabello hace que me acuerde de Thoribas.
- Él no tiene esperanza alguna, nunca la ha tenido en nada- le contesto finalmente.
- ¿Y tú, crees en él?
Realmente no lo sé, y se lo confieso. A los pocos segundos se despide de mí. Me quedo un rato más sentada sobre la arena antes de irme a dormir. ¿Hoja de Ámbar aparecerá? ¿Qué pasará con Vallefresno?

Por una vez creo que debo poner prioridad entre mis pensamientos… y Thoribas, que es lo primero que me viene a la cabeza, es lo último. Lo primero es lo primero: Vallefresno. Desconocemos los próximos movimientos de la Horda, desconocemos incluso si alguna Orden vendrá a defender lo que queda de nuestros territorios. En caso de quedarnos Enthelion y yo solos… Tendremos que rendirnos. Eso o dejar que pongan fin a nuestras vidas para seguir arrasando nuestros bosques. Si apareciera alguien, habrá que ponerse de acuerdo en una estrategia, enviar a unas cuantas personas para intentar averiguar qué pretende la Horda, por dónde va a avanzar… si es que lo hace.

Ahora eso es todo cuanto debe ocupar mi mente.

Ira

El Templo de la Luna de Darnasus es imponente y hermoso, tanto su exterior como su interior. Siempre que me acercaba me quedada embobada, pero ahora no tenía tiempo que perder. Debía poner al corriente al Templo respecto al comportamiento de Thoribas desde su regreso. Era inadmisible. Cuando entro, no tengo más remedio que detenerme, pues Thoribas se interpone en mi camino.
- ¿Qué diablos vas a hacer sin mi ayuda?- me pregunta.
¿Qué voy a hacer sin su ayuda? He podido tirar adelante sin su ayuda gracias a que él se ausentó indefinidamente, al menos mi recluta no había sido enviado por nadie del Templo. Estoy segura de poder hacer cuanto me proponga sin la ayuda de nadie, mucho menos la de él. Tras un breve intercambio más de palabras, mi paciencia estalla en una bofetada. Mira a su alrededor, pero a mí me da igual quién se halle presente. Ha acabado con el poco aguante que me quedaba.
- No tienes capacidad para llevar esto sola.
- No me conoces lo suficiente como para afirmar eso.
- Lo afirmo, Dalria. No eres capaz.
Tras soltar un par de estupideces más, se marcha sin dejarme acabar. Cuando él decide que ha terminado, los demás tienen que terminar también. Perfecto. El Templo de la Luna puede quedarse sin estas nuevas. En primer lugar porque estoy irritada, soltaría sandeces y se me notaría malhumorada. Y en segundo lugar porque… ¿Qué voy a conseguir realmente así? Nada más que darle algo de razón. No necesito que el Templo decida nada por mí, sé perfectamente qué hacer.
- Me parece patética e infantil tu forma de actuar
- le reprocho. Nuevamente, otro numerito por runa. Odio hacer esto, pero no hay otra forma de que me haga caso.
- Simplemente he conseguido lo que me he propuesto, Dalria.
- ¿Sí, el qué?
- Siendo tan fácil de manejar, ¿realmente crees que estás preparada para decidir por ti misma?
No, se equivoca. Era fácil de manejar al principio, pero ya no. Ahora sé cual es mi lugar en la Orden, sé qué puedo y no puedo hacer.
- No mezcles lo personal- le advierto.
- No me refiero a eso, si no a darte la vuelta en el Templo de la Luna.
Finalmente le digo qué es lo que quiero, finalizar una conversación cara a cara de una vez. Estoy harta de que se acaben cuando él quiera, de tener que bailar a su ritmo, de las tonterías que dice contínuamente… Estoy cansada de él. Al final logro poder encontrarme con él en el Barracón.

Tenemos una breve discusión respecto al estado de Vallefresno. Mis planes son defender lo que quede, los suyos son pasar de todo. Me marcho, pero cuando monto sobre mi sable escucho su voz. ¿Con quién hablo ahora, con el aire tal vez?
- La conversación ha acabado- me responde por runa.
Finalmente, doy la orden de retirada a Enthelion.
- Tan manejable, Dalria… Espero que Thrall no negocie contigo la esclavitud del pueblo Kaldorei, o será nuestro final.
Necio, estúpido, arrogante, egocéntrico, irritante… No había adjetivo alguno que le llegara a definir. Ojalá no hubiera vuelto de Rasganorte, ojalá se hubiera podrido allí.

Cuando llego a Auberdine, me encuentro con Enthelion y me disculpo rápidamente por el numerito que ha tenido que aguantar, acariciando la cabeza de su sable. Le ordeno la retirada, dándole parte de razón a Thoribas. Sí, tiene razón, por poco que me guste, en que si intentamos algo, acabaremos muertos.
- No, General… No la tiene.
- Os envío a una muerte casi segura, en eso sí tiene razón- le digo.
- Si no me enviáis vosotros, iré por mi cuenta con los centinelas Ala de Plata, General.
Me gusta. Su decisión y su confianza en sí mismo me gustan. No obstante, le hago saber que mis planes son seguir en Vallefresno, independientemente de la Orden.
- Será un placer tenerte como compañero de batalla si es lo que deseas.
La casa de mi hermana, ahora vacía, le servirá para descansar. Por hoy nos quedaremos aquí, en Costa Oscura. Mañana será otro día y ya veremos qué haremos.

Lo correcto

No, Elune no nos ha dado la espalda en ningún momento, tan sólo falla nuestra parte. No hemos hecho nada, absolutamente nada, por proteger Astranaar y todo cuanto han atacado. Siendo sincera conmigo misma, me avergüenzo por ello. Es como si nos hubiéramos rendido en vez de darlo todo. Según Enthelion, podría ser miedo. Quizás simplemente sea que algunos consideren más importantes sus vidas que las de todo un bosque, o la falta de coraje. Mantengo la vista en el exterior mientras me dice que yo lo tengo. ¿Tengo realmente el coraje necesario? No estoy segura de ello. Thoribas sin duda creería que soy estúpida. Sin darme cuenta he fruncido el ceño, acordarme de Thoribas me pone enferma. Sigo sin estar segura de qué siento por él, pero sé que me ha utilizado.
- Dame tu opinión, ¿vendrán?- me pregunta respecto a Hoja de Ámbar y vuelvo la mirada hacia él.
- Confío en que lo hagan, y creo que lo harán en cuanto haya otro ataque por parte de la Horda. Sería vergonzoso para una división Kaldorei no acudir cuando se le necesita.
- Lamento no tener la misma confianza que tú- me confiesa.
- Ahora mismo es todo cuanto nos queda, Enthelion. Confiar y tener esperanza.
Asiente y se marcha lentamente bajo mi atenta mirada, la cual aparto una vez desaparece de mi vista. Va al aserradero.

Ha pasado bastante rato desde su marcha. Saco de una de mis bolsas una pequeña manta blanca, aquella con la que resguardé del frío a mi pequeño Erglath mientras le daba el pecho, con la que le arropé mientras dormía acunado en mis brazos. Monto en el sable y me dirijo hacia un improvisado campamento abandonado cercano a Astranaar. Enciendo un fuego y me quedo sentada al lado de éste, con la manta entre mis manos y la mirada fija en las ruinas de la aldea.
Erglath, mi pequeño… ¿Dónde estará? Sé que debo ponerme en su busca, sé que si no lo hago pronto morirá.
Era alto, de cabello verde y con los mismos ojos que su padre, Ayshlad. Sé que era él por sus ojos, por su marca de nacimiento y porque todo en él ponía en conocimiento que se había criado con los gnomos y los enanos de Forjaz. No quiero ni saber cómo había llegado, tal vez una falla temporal o algo. Me odiaba por el hecho de que jamás me hubiera puesto en su busca, me consideraba mala madre y… sí, sé que lo soy. No puedo reprocharle nada. Thoribas me tomó por una loca cuando le dije que el elfo que se hallaba frente a él era mi hijo. Mi niño, que después de varios años me había conocido para verme morir. De algún modo u otro, había llegado a mí a través del tiempo. Baenre me puso al corriente de que se había llevado a mi bebé, diciéndole que lo mataría. Prefería morir antes que darme otra oportunidad para dar con él. Ahora el tiempo corre en mi contra y no he hallado pista alguna.

Pensando en todo eso, no me he dado cuenta de que Enthelion se ha acercado a mí.
- ¿Estás bien?
- Sí, tranquilo- le contesto-. Tan sólo esta recordando cómo era Astranaar y Canción del Bosque antes de que la Horda atacara.
- No es conveniente que nos quedemos demasiado tiempo, Dalria.
Apreto ligeramente la manta antes de echármela al hombro y ponerme en pie, mientras le doy la razón. Sí, ha sido una estupidez por mi parte ensimismarme ahí.
- Déjame montar contigo- le digo.
Nos acercamos a su sable y dejo que monte sobre él. Acto seguido, pongo las manos sobre sus hombros para montar tras él, aferrándome a su cintura para no caer. Huele bien.
Una vez llegamos a la Atalaya de maestra, desmonta y me tiende la mano para ayudarme. No me gusta el tacto de sus guantes, aunque son de cuero bueno. Volvemos ambos a nuestro habitual puesto en la Atalaya y miro hacia el frente, pensando en Erglath.
- ¿Te ocurre algo?- me pregunta, mirándome el vientre.
Le observo, sin saber a qué se refiere. Después, sigo su mirada. Inconscientemente me estaba acariciando el estómago.
- Oh, es una costumbre.
Ladea la cabeza, no muy convencido al parecer.
- Di a luz a finales de año y aún no me he acostumbrado a estar… plana, por así decirlo.
Esboza media sonrisa en sus labios y aparto rápidamente la mirada de ellos, volviéndola hacia el frente.
- ¿Cuándo vendrá el Archidruida?
- No lo sé. He intentado averiguarlo, pero… no parece tener demasiadas ganas de venir.

- ¿Thoribas?
- ¿Si?- sigue gustándome escuchar su voz, aunque sea por runa.
- ¿Cuándo piensas venir?
Piensa venir cuando acabe con sus asuntos, magnífico. Cuando Enthelion le pregunta por dichos asuntos, le contesta que no son de incumbencia, aunque sí lo son de la mía. Le he reprochado que vaya a dejar que la Horda acabe con cuanto aún nos queda en Vallefresno.
- Hago lo correcto, simplemente.
- ¿Lo correcto es dejar que acaben con nuestras tierras, sin más?
- Lo correcto es lo que estoy haciendo. Punto.
Me irrita. Me irrita a más no poder.

Amanecer

La noche cae sobre Vallefresno lentamente, dándole un encanto único. Voy a hacer la primera guardia, despertaré a Enthelion de madrugada. Me pregunta por la casa que hay al norte, cerca de la linde con Costa Oscura. Sí, tiene razón. Allí estaremos seguros y siempre está provista de mantas para los viajeros que pasan allí las noches. Él va a disponer los sables mientras yo recojo nuestras cosas. Montamos y nos detenemos a los pocos pasos. Parece que en Astranaar hay algo de movimiento, pero rápidamente cesa, por lo que retomamos la marcha hasta que llegamos.
Cojo las cosas tras acariciar a mi sable, Do’Anar, y las dejo en el piso superior. Observo a mi compañero mientras sube, apoyada en la barandilla.
- Daré una vuelta en busca de una charca durante un rato, si no os importa. Volveré en cuestión de una hora- me anuncia.
- La charca más cercana está frente a la Atalaya de Maestra.

Me he despertado hace unas cuantas horas, he ido a por algo de fruta a Astranaar y estoy vigilando el camino. Esto me recuerda a cuando estuve aquí con Thoribas, aún encinta y esperando a que Ayshlad apareciera. Escucho  unos pasos tras de mí, Enthelion ha despertado finalmente. Le pongo rápidamente al día: Thoribas se retrasará y la Horda no ha dado ningún paso, por lo que voy a echar un vistazo por los alrededores. Monto en mi sable, admirando su belleza. Pelaje suave y blanco, atigrado, con patas fuertes y una excelente dentadura, por no hablar de sus uñas retráctiles. Tras echar una ojeada a la Atalaya de Maestra, me dirijo a una charca cercana  para darme un pequeño baño. Tengo la extraña sensación de que no estoy sola, pero no veo a nadie. Dejo que mi cuerpo se seque con la brisa y me visto, volviendo a montar tras dejarme el pelo suelto para que se seque por el camino.
Al llegar, no veo a nadie, pero eso cambia cuando subo. Creí que Enthelion habría salido, pero no es así. Dejo mi arma y mi armadura en un rincón, colocándome bien el tabardo.

- Si necesita algo, no tiene más que pedirlo. No os resultará beneficioso estar así en estas circunstancias, General.
Le miro con una pequeña sonrisa. Sé que no me resultará beneficioso preguntarme en cada momento de cada día dónde estará mi hijo, y cómo estará. Pero es un tema que difícilmente puedo alejar de mis pensamientos. Es imposible que no piense en él. Apenas pude disfrutar con él en mis brazos o bebiendo de mi leche. Fue algo mágico. Ojalá me hubiera largado de allí con mi pequeño cuando tuve la ocasión, ojalá no hubiera detenido a Thoribas cuando fue detrás del gnomo para recuperarle.
- Sólo una pequeña cosa. Puedes dejar de llamarme General o de tratarme con tanta formalidad. Admiro tu cordialidad, pero no es necesaria.
Percibo esa deliciosa sonrisa en sus labios mientras permanece con la mirada al frente.
- Te lo agradezco, de veras.
Charlamos un poco más respecto a la situación.
- Es una lástima que estemos perdiendo todo esto.
- Madera, es cuanto ven los orcos aquí- me dice.
Realmente es hermoso ver el amanecer en Vallefresno, cómo el sol se alza imponente e intenta atravesar con sus rayos las copas de los árboles.
- Pero ni el sol puede con el bosque- murmura.- No sé por qué ellos deberían poder.

- Es como si Elune nos diera la espalda- digo finalmente.

Atalaya de Maestra

Regreso al lado de Enthelion, hablamos respecto a la situación de Vallefresno una vez más y la de la Orden misma. No tenemos miembros, tan sólo una recluta, él, Thoribas y yo. Además, el Archidruida no me ha puesto al corriente respecto a la novata. No sé ni su nombre ni su experiencia en combate, nada. Tendría que guiarme por las últimas palabras que había escuchado de mi camarada. Desde que se marchó a Rasganorte que se había convertido en un iceberg andante. Se mostraba distante, frío, prepotente y no me ponía al día de nada.
- Como siga así no me quedará más remedio que avisar a la Alta Sacerdotisa y que haga lo que deba con él- le anuncio.
No se mostraba en ningún modo cooperativo, ni siquiera parecía preocuparse por cómo iban las cosas en Vallefresno. Sonrío al Centinela brevemente mientras le miro. Es un Kaldorei agradable a la vista.
- Lamento vuestra situación. Si puediera ayudar en algo, sólo tendríais que decírmelo.- Sus palabras parecen totalmente sinceras, con ganas de ayudar-. Aunque ahora no pienso con claridad- murmura.
Ojalá sepa qué le pasa para poder ayudarle. Me conformaría con ayudar por poco que fuera, aunque sea para sentirme mejor conmigo misma por no haber podido hacer nada por Astranaar. No obstante, decido retractarme. No tengo que darle mi opinión personal respecto al Archidruida y tampoco quisiera que le prejuzgara tras escucharme dolida.

Se ha adelantado hasta un montículo cercano y se queda inmóvil, con la mirada fija en a saber dónde. Le miro y decido acercarme, poniéndole una mano sobre el hombro para que sepa que estoy ahí.
- ¿Os encontráis bien?
Gira su hermoso rostro hacia mí, pero no llega a mirarme. En sus labios se dibuja media sonrisa.
- Claro, ¿por qué?- me pregunta.
- Parecéis algo… nostálgico.
Me señala el edificio principal de la Atalaya de Maestra, hacia donde desvío mi mirada durante un momento antes de volver a mirarle.
- Estoy viéndola arder. Al igual que todos los árboles de alrededor.
Apreto ligeramente mi mano sobre su hombro. No sé a quién trato de consolar, si a él o a mí misma. Sé que si la Horda decide avanzar, arrasarán con este lugar también.
- Estamos aquí para evitar eso, Enthelion.
- Es lo único que me consuela, que voy a segar mi vida intentando defenderlo. Pero preferiría disfrutarlo.
Vuelve la vista hacia el frente, sonriendo.
Finalmente decido irme a un rincón. Vallefresno evoca en mí recuerdos tanto estupendos como dolorosos. No me gustaría que me viera llorar. Antes de no poder controlar mi voz, saco de mi bolsillo la runa.
- Thoribas, en tu estancia en el norte… ¿Le viste por allí?
- ¿A quién?
- A mi hijo.
- Ni siquiera le reconocería, Dalria.
Ahora mismo, Erglath es lo único que tengo en la cabeza. Me arrepentiré de por vida tras haber dejado que Baenre se lo llevara. Poco antes de que el gnomo llegara a por él, le había dado el pecho, sintiéndome orgullosa al ver el brillo ambarino de sus pequeños y tiernos ojitos.
- No se aleje demasiado- es Enthelion.
- ¿Es éste?
- Sí- le digo a Thoribas tras su pregunta.- No he salido de la Atalaya, descuidad. Enseguida regresaré, sólo necesito algo más de… aire.

Aprovecho que la conversación ha finalizado para desahogarme un poco. Al cabo de unos minutos, escucho unos pasos tras de mí. Enthelion se acerca y corro a secarme el rostro con las mangas mientras me pongo en pie, limpiándome el trasero de pequeñas briznas de hierba.
- ¿Estáis… bien?
- Sí, perfectamente.
Carraspeo un poco para serenar mi voz. No he sonado convincente.
- Sentaos, estaré arriba.
Agradezco que no sea como Thoribas y de que se dé cuenta de que necesito estar sola un poco. Es un buen chico.

Cenizas

- Me limitaré a estar alerta y esperar vuestras instrucciones.
- Por ahora quédate por la Atalaya o sus alrededores- le dije.
Enthelion parecía ser un buen soldado, pero intuyo que no siempre acatará las órdenes que se le den. Me da la sensación de que se negará a cumplir cualquier cosa que vaya contra sus principios, y me alegraría que fuera así. Salgo del pequeño habitáculo y me dirijo hacia la ladera, pidiéndole a Thoribas por runa que envíe a su recluta hacia aquí y para que se ponga en contacto con Hoja de Ámbar. A los pocos minutos, el Centinela se acercó a mí. Sí, un ataque contra la Atalaya sería funesto y no, no contábamos con aliados. Me asustaba la idea de traer aquí a nadie por si sufríamos alguna baja. No me veía capaz de soportar el pensamiento de que mis decisiones acabaran con la vida de ninguno de mis hombres. Me levanté y anuncié a Enthelion que iría a echar un vistazo por los alrededores de Astranaar y rápidamente se ofreció a acompañarme, a lo que accedí gustosamente. Montamos y nos pusimos en dirección a la aldea.

Poco antes de llegar, desmontamos y dejamos ocultos a nuestros sables. Las vistas desde donde estábamos eran, sencillamente, devastadoras. No pude evitar llevarme una mano a los labios, procurando controlarme para no llorar. No quedaba nada de cuanto conocía allí. Todo había quedado destrozado. Y pensar que hacía poco más de una semana que había estado ahí con Thoribas… Debo admitir que desgarróseme el alma cuando lo contemplé una vez comencé a caminar cautelosamente por las ruinas. Enthelion se escabulló sigilosamente entre los restos de la aldea y le perdí rápidamente de vista. Poco después le dije por runa que regresara a la Atalaya, pues yo iría a echar un vistazo por la parte este.
– Esperaré en la salida este de Astranaar. Avisadme para cualquier cosa, no tardaré en llegar- me dijo.
Estuve rondando por el camino principal. No había señales de ningún miembro de la Horda, de modo que regresé hacia la aldea. Enthelion estaba esperándome, como dijo, en la salida este. Se mantenía en posición firme. Le expuse cómo andaban las cosas y di la orden de regresar a la Atalaya.

Una vez allí, dejé mi arma, mis hombreras y mis guantes a un lado. Nos habíamos apostado en un pequeño hueco detrás del edificio principal. Noté la mirada de mi compañero fija en mí, pero no dejé que eso me perturbara. Tenía cosas mejores en las que pensar.
- ¿Os ocurre algo?
Él y sus impecables modales.
- Tengo cosas en la cabeza que no tocan, lo siento.
- No es fácil olvidarse de algunas cosas, no tienes porqué disculparte.- ¿Enthelion tuteándome? Me había dejado de piedra en ese momento.- No la molesto más, estaré ahí arriba dejando mis cosas.
…Otra vez. Recogí lo que me había quitado y lo dejé junto a sus objetos. Le observé durante unos segundos, recordando algo.
- Se me olvidaba comentarte algo… Quizás aparezca un gnomo de vez en cuando; ignora todo cuanto diga o haga. Os irá bien para mantener la compostura e incluso la cordura.
- Como queráis- contestó, frunciendo el entrecejo.

Cogí mi runa y me aparté un tanto.
- Thoribas, ¿avisaste a la muchacha respecto al gnomo?
- ¿Para qué? Si le hace algo, le freirá vivo.
- ¿Una chica con carácter?-
le pregunté.
- Con mucho, créeme. ¿Cómo ha resultado el nuevo?
No debía dar mi opinión al respecto a sabiendas de que estaría escuchando, así que me limité a decir que esperaba algo peor. Por su parte, dijo que la elfa parecía dar la talla con creces. Estaba segura de que Enthelion no me defraudaría.
- Por lo poco que he visto de él ya te puedo decir que la da.
- Lo veremos dentro de poco, descuida- me anunció.
- Estoy segura de ello. Por cierto, Thoribas… Guarda las distancias con la chica.
¿Celos? En absoluto, aunque creo que lo dije más por ira contenida que por otra cosa.

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