Miro hacia la cama vacía antes de desperezarme. Me lavo la cara y cojo una manzana de mi morral, comenzando a comérmela mientras la saboreo bien. Tras ello, le hago la cama al Kaldorei y miro a través de la ventana. Dijo que volvería antes de caer la noche cerrada y esta mañana ya no estaba. El atardecer cae imperceptiblemente sobre el oscuro cielo de Costa Oscura.
- Los movimientos de la Horda han cesado, y no cuentan con fuerzas suficientes para retomar Vallefresno.
Enthelion ya ha recibido la información que queríamos, perfecto. Pero, si la Horda no va a retomar Vallefresno… ¿Qué van a hacer? Y lo que es peor, ¿qué vamos a hacer nosotros ahora?
- Es cuanto YO os he dicho- salta Thoribas.
- Tenías razón, lo admito. ¿Algo más?- le contesto tras un suspiro. Realmente me pone enferma.
- Retira inmediatamente a sea quien sea que hayas mandado. Has reconocido tu error, ahora enméndalo.
¿Qué tiene Thoribas en la cabeza? No estamos en Vallefresno y lo sabe. Además, él no es absolutamente NADIE para ordenarme a mí NADA. Somos iguales, por más que él se proponga ser mi superior. Que le entre ya en la cabeza que no me voy a poner a hacer cuanto él quiera. Pudo dominarme al principio, pero ya no. Que aprenda cual es su lugar, pues yo ya he aprendido cual es el mío.
Me despierta un suave golpe. Alguien llama a la puerta. Me levanto, la abro un poco mientras me froto los ojos y la empujo suavemente para que Enthelion pueda pasar.
- ¿Te he despertado?- pregunta mientras me mira.
- No, descuida- miento.
Le miro mientras pasa al interior, cerrando la puerta al mismo tiempo que disfruto de su suave aroma. Sí, huele bien. No trae buenas noticias, ni tampoco por parte de Hoja de Ámbar, quienes no iban a aparecer. No hay nada que nosotros podamos hacer. Si quiere regresar a Darnassus, puede hacerlo libremente. Sin mobilización alguna de tropas, no hacemos nada en Auberdine. ¿Qué podíamos hacer, conocernos? No, quiero evitar volver a implicarme en amistad alguna con los miembros de la Orden, no quiero repetir lo sucedido con Thoribas. Con el tiempo, quizás. Por ahora, mejor así. Me sabe mal tener que ordenarle que se retire a la ciudad, pero es lo único que podemos hacer.
- Después de tanto tiempo, nos aplastan así, como si nuestra defensa hubiera sido siempre nula- desvía su mirada mientras habla, enojado.
- Estoy tan frustrada como tú, pero… Yo ya he perdido toda esperanza.
Jamás creí poder perderla, pero todo indicaba que Vallefresno ahora le pertenecía a la Horda a excepción de la Atalaya de Maestra. Rebusco en el armario algo de ropa para cambiarme antes de regresar a Darnassus. Él está delante, pero en este mismo momento me da igual. Me cambio de camisa y me pongo el tabardo de la Orden.
Cruzamos el muelle para coger el barco que nos lleva hasta la Aldea Rut’theran, en Teldrassil. Enthelion cree que me castigo a mí misma por recordarme una y otra vez que no hemos podido hacer absolutamente nada e insiste en que hemos hecho lo posible, pero deberíamos haber insistido más. Me aferro a una de las barandillas, clavando la mirada en el mar y la espuma que forma el barco en la superficie de éste. Una vez llegamos a Darnassus tras desembarcar, nos detenemos en los Jardines del Templo, frente al banco de la ciudad. Me gusta su confianza y se lo hago saber.
- Intento no dejarme amedrentar por palabras necias o cobardes, Dalria. No dejes que te confundan a ti.
Desgraciadamente, es todo cuanto Thoribas logra conmigo: confundirme. Al menos su esperanza no se apaga tan fugazmente como la mía y eso me incita a recobrar fuerzas. Es una suerte haber dado con él, en todos los aspectos. Tan sólo espero que sea bueno en el combate.
- Mi camino por hoy acaba aquí. Que Elune te guarde.
Me inclino levemente ante él, haciéndole una pequeña reverencia antes de marcharme. A pesar de no haber esperanzas ya, no todo está perdido.
- Estarás contento con los últimos acontecimientos, ¿no?- le pregunto a Thoribas-. Si nos necesitas, ya estamos en la ciudad.
- Podéis descansar tranquilos, no os necesitaré.
- Claro, olvidaba que eras autosuficiente, perdona.
- No entraré en tu juego de críos, Dalria.
Me tumbo sobre la cama tras ponerme algo más cómodo, tapándome con la fina sábana mientras dejo la runa bajo la almohada.
Siempre hay una débil luz que ilumina hasta las noches más oscuras, tan sólo hay que dar con ella en vez de quedarse a que ésta nos alcance.